Categóricamente en contra del pésame anticipado

10 Oct

Hace unos meses terminé la carrera. No sé si hoy en día esta frase es mucho o poco prometedora, pero oye, he estudiado mis cuatro años (porque ahora son cuatro) y lo he sacado con buena nota. Como premio por mis preciados tiempo, esfuerzo y -no olvidarse- dinero (que ese no era mío, sino de mis padres) ahí tengo ahora mi título para guardar en algún cajón. 

Puede que algún día haya triunfado tanto en mi vida profesional o tenga tal frustración existencial avivada por la menopausia que se me ocurra enmarcarlo y colgarlo. Que tenga una casa gigante con muchas paredes en blanco podría ser otro motivo válido. En realidad, para ser más precisa, de momento sólo tengo el resguardo de la solicitud de mi título, el original tarda aproximadamente un año en llegar, previo pago de la friolera de…. ¡Chanán! 154 euros. Digo yo que por ese precio y con tanta antelación ya puede estar manuscrito por un monje tibetano y decorado con exquisitas filigranas en pan de oro. Como no sea así de hecho pienso poner una reclamación.

A lo que iba, que acabo de terminar la carrera y, como hacemos la mayoría de  asustados corderillos tras abandonar las aulas, he dedicado un par de meses a trabajar gratis. Existen argumentos varios, véase aprender en las mejores empresas y de los mejores profesionales o ganar líneas de currículum, con los que aún nos auto convencemos de que esta miniexplotación es lógica y fundamental. El cuento de “igual si quedan contentos conmigo me contratan” quedó atrás ya hace algún tiempo, que una cosa es ser entusiasta y otra idiota. El caso es que en mi último día de prácticas iba yo tan contenta a despedirme de los compañeros, con algunos de los cuales me llegué a llevar muy bien, y me di cuenta de qué feo estaba el panorama.

La gente me preguntaba qué tenía pensado hacer ahora, y me mareaban dándome mil consejos contradictorios barriendo (como es normal) cada uno para su casa. Que hagas este master, que mejor éste otro, que mira el curso que hizo Fulanito y le contrataron. Que busques más prácticas, que busques trabajo, que te pires, que te quedes e insistas. Que ahora lo que se valora son los idiomas, ¿o era la especialización? No, era el interés en trabajar aunque fuera en puestos ajenos a tu preparación universitaria… etcétera, etcétera, etcétera. Con toda su buena intención los pobres me montaron un lío que me costó más de uno y dos días digerir, y que finalmente no me esclareció absolutamente nada.

Pero no fue el hecho de que los profesionales con más experiencia estén igual o más perdidos que nosotros (los pobres corderitos) en qué narices hace falta que haga uno ahora para tener oportunidades laborales. Lo que me llamó terriblemente la atención es el tono con el que la gente te decía todo esto. Ese gesto de Ay qué pena me da que se me ha muerto el canario en el que se leía un “¿qué quieres que te diga hija? Que están jodidas las cosas ya lo ves tu”. Más de uno llegaba a decir que lo sentía, que ánimo, que las cosas mejorarían, que no me rindiera o incluso que me marchase fuera de este país y no volviera jamás, dejándome atónita por momentos.

No tengo nada que recriminar de las humildes recomendaciones que me hicieron, simplemente me parece que perdieron una gran oportunidad. Hablaron desde una perspectiva de persona cansada tras varias décadas en el mismo puesto de trabajo a una chica de 20 años recién salida del horno, con ganas de comerse el mundo y pájaros en la cabeza, sin hipotecas que pagar ni hijos que cuidar y con muchas ganas de currar. Perdieron una oportunidad para recordarme que estoy en un momento irrepetible, en el que está a mi alcance elegir hacía dónde quiero que vaya mi vida. Que soy muy joven y lo tengo todo por delante. Perdieron la oportunidad de parafrasear a García Márquez y decirme que había hecho la locura de meterme en el mejor oficio del mundo. Quizás podían haber hecho apología del periodismo como cuarto poder, de todo ese rollo de dar voz a los que no la tienen y servir de instrumento contra los abusos del poder, citar el caso Watergate… yo qué sé. Era el momento de animarme con utopías: que si luchas llegarás donde quieras, que las ballenas se pueden salvar, el VIH curar y la pobreza erradicar.

Se me ocurren muchas verdades y muchas mentiras que creo que yo me hubiera dicho si fuera ellos. Pero no, me quedé con la sarta de pésames y apoyos ante la tragedia que parecía venírseme encima, y me fui de allí con un cuerpo raro. Con la sensación de que estaba demasiado contenta y demasiado poco preocupada. Me pareció que tenía que llorar la muerte a alguien y ni siquiera sabía aún a quién. Que era una apestada por el simple hecho de acabar de terminar la carrera, algo que hasta hace pocos años se celebraba con una cena y unas copas.

Por suerte soy un bicho un poco raro; bastante despreocupada y convencida de mi buena suerte (que por ahora ha rozado a veces la milagrosidad). Porque llego a ser otra persona y  juro que entro de lleno al mundo laboral llorando y de luto.

¡Un poquito de entusiasmo por las cosas por favor!

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3 Responses to “Categóricamente en contra del pésame anticipado”

  1. Carmen October 10, 2013 at 6:11 am #

    Me encantas!! =))) No dejes nuuuuuunca de escribir…. tienes un don, el de la imaginación. Q majikaa! Enhorabuena!

    • teresalpez October 10, 2013 at 8:48 am #

      Ay, por favor, que me sonrojo jajaja No sé si vas a ser un pelín subjetiva… pero gracias. Desde las alemanias os mantendré bien informados por aquí 😉

  2. brham October 12, 2013 at 6:48 pm #

    Di que sí! estoy de acuerdo, hay que ir con esa certidumbre de que tendremos éxito, yo también sé que me irá bien. Hay que ser original, creativo, inteligente, positivo, y dar por hecho right now que lo conseguirás!

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