A mamá le falta un tornillo

6 Feb

Llamar al 112 desde el coche, decir que estás en una rotonda en la autopista de salida de Santander y que te diga con toda naturalidad el interlocutor:

– No me diga más, está usted viendo un cerdo vietnamita.

Y lo mejor, que un monísimo mini puerco negro de paseo sea ciertamente el motivo por el que llamabas.

No me cansaré nunca de decir que a mí me pasan cosas muy surrealistas, vamos, que soy la típica persona a la que si monta un circo le crecen los enanos, así por vacilar un poco.

Conste que no tengo yo ninguna queja con esto; que las absurdeces, excentricidades, paradojas y lunatismos me alegran y amenizan la vida en este nuestro planeta.

Mi madre siempre dice que alucinaba cuando éramos pequeñas mi hermana mayor y yo de que cogiéramos el mismo autobús; porque ella siempre hacía el trayecto con total normalidad y en cambio a mí me pasaban a diario aventuras dignas de Julio Verne con unos personajes de lo más tróspidos.
¡Pero qué le voy a hacer!

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Supongo que esto como todo -aparte de con un potente imán secreto entre los cerebros y  karmas de los pirados terrestres- tiene mucho que ver con el prisma a través del que cada uno ve la vida. Y todo parece indicar que yo llevo incorporadas de serie unas gafas con cristales de colorines tipo las que se llevan en los festivales techno, pero en plan a lo bestia con efectos de 3D y purpurina en el ajo -y sin droguitas en el kit-.

Claro, así me monto yo las películas que me monto, que me vuelvo toda una Spielberg narrando batallitas al más puro estilo abuelo cebolleta, pero sin los años de maduración en el cogote que tienen sus historias de la posguerra y la mili. Te escribo la novela así a bote pronto y todavía queda creíble y consigo que un profesor me repita un examen porque una manifestación de hipopótamos en tutú había cortado el tráfico esa mañana y llegué tarde.
A veces me asusto a mí misma.

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Este fin de semana iba andando por La Latina con unos amigos madrileños y de repente suspiré en alto “¡Ay qué maravillosa es la gente!” mirando un banco en el que había dos chicas con el pelo verde y una pareja descalza tocando la guitarra. Mis compis me miraron con amor en plan a esta pobre chica se le va la olla, parece la hierbas de Aquí no hay quien viva, pero no, mi felicidad era total viendo la cantidad de gente extraña haciendo cosas raras que se encuentra uno por Madrid. Decidí que si algún día me animo a intentar escribir una novela la clave será salir a la calle vestida de Punky Brewster con cuaderno y boli y sin rumbo. Hay tantos potenciales amigos de aventuras esperando ahí fuera, tantas historias geniales, que no comprendo a la gente que se queda aburrida en casa cual estirada Margó Kramer.

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Lo dicho, que la vida puede ser maravillosa y muy divertida, sólo hay que buscarle el punto. Acabo de descubrir ahora mismito que Alejandro Dumas estaba de mi lado de los anteojos, aunque los suyos fueran algo más retro, y decía cosas como que “la vida es fascinante, sólo hace falta verla a través de las lentes adecuadas”. Amén. Todos deberíamos subirnos alguna vez al escenario de una verbena de pueblo diciendo que nos casamos tan jóvenes porque el marido es torero y o le pillamos ahora o se nos va a hacer fortuna a las Américas.

Ahora, si me disculpan, abandono la máquina de coser que se me va a quemar el potaje de guirnaldas y luego con este viento norte no hay quien dé de  comer a mi elefante.

Feliz martes. Muerte al Rey Salomón y que vivan las flores.

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