La verdadera aventura del tocador de señoras

17 Feb

Siempre he pensado que los vestuarios de mujeres perturban a la gente, y que cuanto menos tiempo se pase en ellos, mejor.

De adolescente soportaba estoicamente los comentarios y las miradas de las compañeras de aerobic al comprobar que no me duchaba en el gimnasio, con su ay qué ver qué cerda pintado en la cara. Las bromitas y los cuchicheos me parecían el menor de los males posibles, porque realmente no quería pasar de ninguna de las maneras por ese trance de la ducha y el cambio de ropa en aquel ágora de la feminidad mundana, donde ricas y pobres, jóvenes y viejas, guapas y feas, honradas y despiadadas se rebajan a la misma condición que las vuelve igualmente vulnerables y peligrosas: estar en pelota picada. Juntas y revueltas.

Los vestuarios femeninos de los gimnasios poseen  su propio microclima con contrastes extremos de temperatura y un porcentaje de humedad insano y asfixiante. La mezcla de tantos productos cosméticos debería crear un agradable aroma, aunque yo no soy capaz de reconocerlo entre tanto cloro y pelo chamuscado al secador. Cómo no, este peculiar entorno posee su consiguiente ecosistema con una fauna característica, sus leyes, sus protocolos y sus costumbres específicas. Claro, cuando una llega nueva a un Fitness club (como se les llama ahora) y desconoce todas estas normas no escritas, puede pasar más de un momento incómodo.

Dónde dejar las botas cuando no entran en la taquilla, cómo conseguir que el agua de la ducha ni queme ni hiele, cómo secarte el cuerpo y el pelo a la vez con una sola toalla o dónde posar la mirada mientras una mujer en cueros te habla sobre lo cara que está la luz son preguntas de las que aún no tengo la respuesta (ni real esperanza de conseguirla nunca). Sí puedo aportar en cambio un breve dossier con el personal que suele pulular en cualquier sitio de estas características, en un intento de esclarecer ideas y poner en antecedentes a las futuras chicas fitness.

He aquí los principales grupos que cohabitan en este democrático lugar:

  • El grupo de cotorras. Éste es un indispensable, un grupete que puede variar de 3 a infinitas mujeres cuyo rato de ocio semanal son las clases de pilates y aquagym con las amigas. Y claro, como mientras se nada o se muscula el suelo pélvico (cosa que no tengo ni idea de cómo se hace) es complicado dar palique, se reservan al momento vestuario para contarse entre sí, y de paso al resto del personal, qué tal les va a sus hijos, qué borrico que es el marido, el último infarto de la suegra y la última jodienda que les han hecho en el trabajo. Para que os hagais una idea son las que, independientemente de su edad y de la del monitor, siempre van a tirarle los trastos.
    Suelen ser unas tías muy majetas, exceptuando el detalle de que confunden el vestuario con una cafetería y a tí con una columna. Les da todo muy igual, ocupan un banco entero entre dos y se masajean con crema hidratante y mucho remango el pompis mientras hablan de la predicción meteorológica del fin de semana. En principio les das completamente igual, aunque si hablas más alto que ellas o las miras fijamente te mirarán con enorme sorpresa en plan ¿quién es esta tía que ha venido a nuestra quedada de amigas a incordiar?
  •  La pubertosa. En el extremo opuesto a las anteriores -que pasean sus encantos (generalmente ya bastante rendidos a la gravedad) y depilación (o más bien ausencia de ella) sin ningún reparo- se encuentra la chica en la edad del pavo que, de hecho, se caga cada vez que ve a las primeras. Es la típica que se ducha en bañador y hace auténticas obras de ingeniería civil y contorsionismo para conseguir vestirse y desvestirse sin sacar a la luz ni un cm2 de piel de más. La pobre invierte el triple de tiempo que la media en ponerse y quitarse la braguita como si de verdad alguien tuviera interés en mirarle el culo. Si hay cabinas o cambiadores es la única que hace uso de ellos, y se dice que dentro también se rodea con la toalla para cambiarse, por si las moscas. Mejor no le pidas nada, puede entrar en shock al ver que alguien se dirije a ella.
  •  La madre que te hace sentir mal. Una de esas traidoras que no se sabe porqué se ha ganado el favor del Altísimo y a sus taitantos años y con los hijos ya creciditos gasta una 36 de pantalón. La odias y la admiras a partes iguales, porque es amable, sonríe mucho y generalmente huele muy bien, pero cuando  por accidente tus ojos dan con su culo -con mallas o peor aún, sin ellas- no puedes dejar de mirarlo fijamente. Es la hipnosis de la envidia. Te das cuenta que esa mujer ha sido creada por Satán para poner a prueba a las demás y hacerlas sentir extremadamente gordas y avergonzadas de sus fofos muslos con estrías. Sólo hay un consuelo que TODAS buscamos aprisa en estos casos, y quien diga lo contrario miente: buscamos el pandero de la próxima protagonista de la lista…
  • La obesa. Realmente poco hay que decir de este personaje, “gordita” por la causa que sea es digna de enorme admiración por ir a las clases de zumba y spinning aún cuando le es físicamente imposible realizar un tercio de los ejercicios. Todas le tienen en estima por ello, y porque no parece dejarse amedrentar por la supermami ni la monitora extramusculada, cuando no le sale un ejercicio se lo inventa y alegría. Sí, a todas les cae bien pero todas buscan alguna vez con desesperación su celulitis cuando quieren consolarse y decir “bueno, si tampoco estoy tan mal”. Las cosas son así.
  • Las niñas del curso de natación. Tiernas muñequitas durante los primeros diez segundos pueden lograr sacar de sus casillas a cualquiera si coinciden en el recinto más de diez minutos. Van corriendo y gritando con sus voces de pito de acá para allá mojándolo todo sin percatarse de que la gente con más de 15 años y de 1,50 metros aumenta exponencialmente sus probabilidades de resbalar y perder el equilibrio. Se duchan de tres en tres y con la cortinilla descorrida para poder chillarse con las de enfrente y luego ocupan todos los secadores con toda tranquilidad. Miran disimuladamente a las chicas más mayores con cara de póker, nunca sabremos si pensando en lo guapas y enrrolladas que son y en que quieren ser como ellas, o más bien todo lo contrario.
  • La abuela que no quiere serlo. En ocasiones, las madres que te hacen sentir mal se pasan de la raya y se acaban convirtiendo en abuelas que no quieren serlo, o lo que es lo mismo: mujeres de 7o años que siguen llevando una 36 de pantalón, melena rubia platino, moreno de solarium 365 días al año y le roban la ropa a sus nietas adolescentes. En chándal pueden resultar objeto de admiración, pero cuando se quitan fajos y refajos logran que te desees comer muchas croquetas el día en que ya tengas nietos y todo el pescado vendido. Te miran continuamente por encima del hombro, aprovechando toda ocasión para marcar su triceps o enseñar abdominales. Curiosamente van maquilladas y en tacones al gimnasio, y si acaban de salir de clase de spinning cuando tú entras, sabes que seguirán acicalándose en el vestuario cuando salgas 50 minutos después.
  • La madre con el niño. Esa responsable y cariñosa mami que mete al niño con ella al vestuario porque no se atreve a abandonarlo solo en la misteriosa gruta masculina (me pregunto si algún papi ha llevado alguna vez a una niña al otro vestuario y si ésta ha quedado traumatizada de por vida). El niño suele ser peor que un dolor de muelas pero no te importa mucho, te apiadas de la tipa que es quien se tiene que hacer cargo de él. Habría que matizar que alguna madre sobreprotectora sigue llevando a cambiar con ella a “niños” a unas edades en las que ves cómo miran con descaro las tetas del personal y se lo pasan pipa pensando en contárselo luego a sus amigos. Eso ya es pasarse.
  •  La exhibicionista crónica. Por último pero no por ello menos importante, la mítica mujer empeñada en que todas la vean el tete. Puede haberla de cualquier edad y condición, sólo les une el afán por pasearse literalmente por el vestuario desnuda, pararse a hablar con la gente y asentir mientras se soba. No sé si así contado sonará excitante pero aseguro que es algo realmente espeluznante para lo que hay que estar preparado. No se le llame la atención por su comportamiento bajo ningún concepto, o entonará un discurso feminista proderechos y libertades de las lechugas y las berzas que hará que agite enérgicamente los brazos (y por consiguiente se la menee todo) durante diez minutos y tú quieras buscar un hoyo para meterte y no salir.

Por lo pronto, una que se considera mera espectadora dentro de esta jungla les deja que se va al gimnasio, ¡a ver qué nos encontramos hoy!

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6 Responses to “La verdadera aventura del tocador de señoras”

  1. Rurru February 18, 2014 at 12:30 am #

    jajajajajajajaajaj ajajajajajaj mira, no he podido parar de imaginarmelo ni un momento. nosotras formaremos parte de un grupo de cotorras pero buenorras que sufren exhibicionismo crónico y hablaremos de lechugas y berzas mientras nos agitamos enteras. echo de menos ir al gym con vos risqeti

    • Nemesia February 19, 2014 at 9:38 am #

      Ya formamos parte de ese equipo tan completo querida, ¡solo nos hace falta el gimnasio y el vestuario! Yo también la echo de menos en mis desvaríos.

  2. Pelayo February 19, 2014 at 7:30 am #

    Falta tu grupo, el de “mujeres con encanto” je , je.

    • Nemesia February 19, 2014 at 9:39 am #

      Me había posicionado en el de meras espectadoras (aunque con encanto y encantos, claro está). ¡Habría que preguntar a las cotorras qué opinan ellas!

  3. Julia February 19, 2014 at 7:58 am #

    Lo de la exhibicionista NO FALLA.
    Sería interesante que algun chico nos cuente cómo es el vestuario de hombres… o que nos dejen entrar,jeje.

    • Nemesia February 19, 2014 at 9:41 am #

      Me estoy planteando hacer un día de estos un trabajo de campo en el templo masculino para poder escribir una entrada al respecto con conocimiento de causa y matar curiosidades.

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