Vivo en una propuesta que no puedo rechazar

20 Feb

Algunos amigos me dicen que desde que soy nini llevo vida de jubilada; con clases de aeróbic, tándems con guiris para practicar inglés, presentaciones de libros, ciclos de cine alternativo y cursillos de bailar swing y hacer galletas incluídos en mi desenfrenada, atrevida y loca rutina.

Desde luego que no son los planes que ocuparían a Alaska o a Loquillo en la época de la movida, pero pienso que se aprenden muchas más cosas que quedándome en el sofá de casa, y no estamos como para andar recusando conocimientos en este embalse de ignorancia en el que una inmensa mayoría parecemos chapotear alegremente cual leoncitos marinos.

Y es que con mi micro experiencia personal en esta situación de limbo tan extraña –y afortunadamente temporal- he de decir que lo de ni estudiar ni trabajar formalmente es mucho más cansado y menos aburrido de lo que muchos piensan y predican. Juro que desde que no tengo obligación de hacerlo no hay día que me levante más tarde de las ocho (vaya desgraciada macho), no he visto nunca el Sálvame o el Entre todos y no me echo la siesta aunque quiera. Literalmente no tengo tiempo, lo cual a mí también me deja altamente sorprendida, sorprendida y encantada claro.

Y en éstas que buscando ávidamente ocupaciones que llenen mis tardes y mantengan en funcionamiento mi limitada cabecita y su caótica base de datos interna fui ayer a una interesantísima conferencia en el Ateneo de Santander. Por desconocer desconocía incluso la existencia de este lugar con nombre tan imponente, pero había que dárselas de entendida y aparentar naturalidad ante la élite cultureta e intelectual de la ciudad, así que lo busqué por la mañana para ir por la tarde a tiro hecho y como Pedro por su casa (aunque mi plan hiciera aguas cuando quise ir al servicio en medio de la charla y tuve que atravesar tres veces la sala por delante de todo el mundo porque no lo encontraba…).

El caso es que con motivo de la publicación de su libro Crónicas de la mafia el periodista cántabro Íñigo Domínguez, un tipo de lo más simpático, hermano de otro tipo realmente genial, dió una amena charla sobre la sociedad y la política italiana ante un auditorio igualmente encantador.

Me quedé con el momento en que Íñigo, que es corresponsal del grupo Vocento en Roma, para explicarnos lo realmente caótico que es el funcionamiento de la Italia actual nos dijo que los italianos suelen decir que les gusta España “porque es un país serio y que funciona”. La carcajada fue general.

No es por nada, pero para ir de mafiosos la cosa había allí mucha gente estupenda (mi señora madre como mi fiel escudera la primera de la lista, evidentemente). El ambiente no daba tanto miedete como cabía esperar, y no había apenas octogenarios con pinta de enciclopedia napoleónica, de esos capaces de fulminarte con pronunciar la palabra epopeya, como yo había imaginado. Básicamente había amigos del ponente, periodistas, algún puntual interesado en el tema y unos cuantos ninis y jubilados con inquietudes (ahí es donde me meto yo y meto por extensión a la pobre Sancho Panza), pero todos gente de lo más normal y corriente, atentísimos a la conferencia que ya digo que estuvo muy interesante.

Sí me dí cuenta de que yo bajaba con diferencia la media de edad de “el respetable”, sería por aquello del ying-yang y por hacer balanza con las momias enciclopédicas. Quiero pensar, aunque no lo pienso, que es que el resto de jóvenes santanderinos estaban muy ocupados estudiando y trabajando a esas horas… No obstante y por si acaso les animaría a releer esta entrada nemesiana y a pegar cinco brincos seguidos a ver si algo en sus mentes se agita y les entran las ganas de conocer el  mundo para poder comérselo luego con mucha más propiedad y respeto.

De mí por lo menos no podrá decirse que no hago la intentona.

.

Con lo que he escuchado decir esta mañana a Alfredo Menéndez en las Mañanas de Radio Nacional me despido:

Donde esté un achuchón, que se quite un “me gusta”.

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