Que cada quien es cada cual

4 Mar

Si hay algo con menos sentido que el jamón york en los sandwiches vegetales son las personas que van a las fiestas de disfraces sin disfrazar. Ambos me parecen tan absurdos y desubicados como ofensivos a según qué sensibilidades.

Dicho esto, disculpen mis amados lectores por este breve paréntesis de días sin dar señales. Lo confieso, tenía demasiado ocupada mi mente en la fiesta para coger un ordenador y escribir algo de provecho que no tuviera que ver con lentejuelas, antifaces, remiendos en cinturones y gamas cromáticas y de texturas de la purpurina.

El Carnaval es lo que tiene, viene cuando viene no cuando le llamas, y no te queda otra más que decirle una semana antes al resto del mundo “se cierra hasta el lunes próximo por motivos ajenos al personal, disculpen las molestias”. Porque el tío no quiere atención exclusivamente en su día, viene exigiendo cantidad de tiempo, esfuerzo y desquicies en los preparativos previos, mucha entrega en la fecha y viveza y rapidez en las posteriores recomposición personal y limpieza de brillantitos, que ¡mira que cuesta días quitarse del todo el maquillaje y la purputina de las alfombras!…

Si encima vienes del mismo pueblo que yo esta tarea se extiende a tres fines de semana consecutivos, una prueba épica solo digna de los más lunáticos. Y en éstas estamos, entre la recomposición, la composición, y la deposición (que ya se sabe que la comida rápida y el garrafón aflojan la tripa). Un estado tan feliz como agotador y esquizofrénico.

Quiero aprovechar tan estupendo momento para contarle al mundo lo mucho que me gusta esta fiesta pagana y lo que me alegra que sea tradición en mi familia disfrutarla juntos. Creo que hay que saber divertirse, dejar la vergüenza en casa y hacerse pasar por un día por otra persona diferente, jugar a ser lo que nos gustaría haber sido o simplemente lo que nos fascina. Como en la del Pirata Cojo: vivir otras vidas, probarse otros nombres y colarse en el traje y la piel de todo aquellos que nunca seremos. Atrevernos tambiénn a ver lo que los otros quieren que veamos y dejarnos embaucar.

El Carnaval es la fiesta en la que todos podemos escoger el papel que nos toca, en la que no hay diferencias y el valor que más cotiza son la imaginación y la ilusión. Un juego de máscaras, antifaces y caretas que nos dejan por un día esconder lo que no nos gusta y dan libertad para dirigirnos a quien queramos y decirle que nos encanta sin que se sorprenda ni asuste.

Una fiesta enteramente democrática, en la que un cocrodilo improvisado con hueveras tiene mucho más éxito que un traje caro de bailarina de ballet. En la que no se sabe bien quién es quién ni de qué pie cojea, y por eso nos libra de prejuicios -o los invierte- por una noche.

Es para mí la mejor noche para soñar sin necesidad de irse a dormir. Hasta que asoma el día siguiente…

… y con la resaca a cuestas
vuelve el pobre a su pobreza,
vuelve el rico a su riqueza
y el señor cura a sus misas.

Se despertó el bien y el mal
la zorra pobre al portal,
la zorra rica al rosal,
y el avaro a las divisas.

Se acabó,
el sol nos dice que llegó el final,
por una noche se olvidó
que cada uno es cada cual.

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