Y no dejar de correr

26 Mar

Puede que lo único que queramos es que alguien nos persiga. Tener siempre un Richard Gere que venga a buscarnos trepando por la escalera de incendios con un ramo de rosas, como en Pretty Woman, o una secretaria enamorada que corra a abalanzarse sobre nosotros en el aeropuerto como en Love Actually. Haciendo lo inimaginable y suplicando a Dios por no perdernos en esta vida. Personas que nos consideren indispensables para su felicidad.

Ahí está la clave y por eso mismo las parejas se dejan. Eso de que el amor se acaba o que la pasión pasa viene a significar que nos acomodamos, cometemos el difícilmente evitable error de darnos por hecho y dejamos de perseguirnos. Es horrible estar con alguien que no comería cacahuetes del suelo por mantenerte a su lado, ¡qué narices! sólo por verte sonreír y ganarse un beso de película.

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Somos protagonistas de nuestra vida pero además, egoístamente peleamos cada día por ser protagonistas en otras vidas. Queremos ser los vecinos más majos, los padres más enrollados, los compañeros de trabajo más eficientes, los amigos más guapos, los feligreses más devotos y por supuesto los amantes más ardientes. Todo esto sin perder la ternura, la originalidad, la espontaneidad, la diversión y la compostura. Porque aunque a veces hagamos como que no, nos asusta sobremanera la indiferencia. Y resulta una carrera diaria agotadora tratar de dejar nuestra huella en los demás, para que de vez en cuando piensen en nosotros, nos alaben, nos busquen e incluso se enamoren de una u otra manera y acaben necesitánonos.

También nos encanta que nos esperen. Saber que alguien se alegra de que lleguemos, pero también que se entristece cuando nos vamos, aunque eso suponga desear un poco su sufrimiento. Esto es así, nos gusta que nos echen de menos, pero pasamos de echar de menos a nadie. Probablemente hemos leído demasiadas novelas y visto demasiadas series de televisión. No entendemos por qué nadie nos escribe cartas pero nunca hemos escrito una.

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Queremos ser siempre los buenos de la peli que merecen sus respectivos princesa y caballero, y que cuando nos vaya bien y seamos felices todos los demás coman perdices, porque aquí los que nos hemos ganado el final de cuento somos nosotros y ellos son actores secundarios. Hasta las mejores personas padecen por sistema un ombliguismo intrínseco. Yo, mi, me, conmigo. Mi mamá me mima mucho pero yo no mimo ni a mi madre si no estoy seguro de que ese cariño se me va a devolver, agradecer o recompensar. Nos da pereza ser nosotros quienes cometen locuras o actos desinteresados, ¡que yo no merezco sufrir! Y yo me pregunto ¿y quién sí lo merece? Pero eso no nos lo planteamos.

Queremos sufrir, trabajar y llorar lo menos posible pero disfrutar todo, porque para eso estamos aquí. Y necesitamos saber que hay alguien esperándonos en algún lugar para hacernos sentir especiales, ¡porque lo somos! Claro, luego nos enrabietamos si vemos que ese alguien no nos sigue el juego, si se cansa de insistirnos y desiste, si no nos dedica canciones o poemas, si no ha entendido el guión de la peli y de repente rebelde no te pide perdón o lloriquea, no suplica que te quedes o te perdona y no te besa, cometiendo la barbaridad de sobrevivir perfectamente sin tí.

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De repente el guaperas del film decide no perseguirte, pasa a tu lado sin inmutarse y te das cuenta de que ya no es tu película. Entonces es cuando se te queda cara de idiota, lloras y deseas con todas tus fuerzas tener alguien detrás de quien correr.

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