Método anticascarrabias

9 Apr

Además del famoso pan, todos deberíamos llegar al mundo con una libreta debajo del brazo para llevarla siempre encima. Tampoco hace falta que todo el tiempo, pero sí todos los meses de nuestra vida. Tengo la convicción de que si todos escribiésemos más a menudo lo que se nos pasa por la cabeza y, sobre todo, si releyésemos lo escrito llegado el momento, el mundo iría infinitamente mejor.

Vale, el malo seguiría siendo malo, la zorra zorra y el egocéntrico seguiría hablando de sí mismo. No quiero yo decir que con este método casero se evitasen las guerras o el hambre, pero sí unas cuantas discusiones e injusticias y se llegaría mucho antes al entendimiento, que no es moco de pavo.

Comprobado lo interesada que resulta nuestra memoria selectiva (la que suele quedarse con la manía que nos tenían los profes y no con las fechorías que hacíamos en clase) un simple papel y boli a tiempo podrían salvarnos, incluso un autovídeo con la cámara en estos tiempos modernos nos vale.

Yo recuerdo perfectísimamente (y miren que tengo mala memoria) cómo me repateaba de pequeña que los adultos hablasen de mí en tercera persona y como si no estuviera ahí delante de sus narices, “ay sí, pues la niña se ha enrabietado con que quiere un perro y vaya la que me está dando…”, “sí, sí, le gusta mucho ir a teatro”, “no, el balonmano a la pobre se le da fatal”, patatín y patatán. Me ponía mala malísima y me juré una y mil veces que no haría el mismo absurdo con otros niños cuando yo fuera mayor.

Por el momento cumplo mi promesa, esa y la de no dar la coña a los enanos (que mira que sois pesadas queridas tías y tiastras) interrogándoles a la llegada de cada pariente lejano “¿cómo se llama esta chica? ¿Te acuerdas?”, “A ver ¿y éste quién es?”, “Venga, dale un beso a la prima Margarita”. ¡Socorro! No, no y no.

Si todo el mundo hubiera escrito con nueve años las cosas que no soportaba de “los mayores”, podría con cuarenta o cincuenta releerlas para, aunque fuera ínfimamente, ponerse otra vez en el pellejo de esos seres que ya les quedan muchos años y centímetros por debajo.

Claro que con la edad comprendes -casi- todo aquello que tus padres te advertían y que en su momento no querías entender. Sí, aunque duela en el alma tú tampoco dejas a tus sobrinos ir de tres en tres en la bici o jugar con mecheros, hasta ahí es comprensible. Pero si tuvieras algún documento que te recordase lo que odiabas escuchar la frase “aburrirse de vez en cuando está bien” cuando los adultos no te hacían ni caso porque querían echarse la siesta, seguramente ahora lo dirías de una forma menos hiriente. Qué decir de los “porque sí”, “porque lo digo yo”“eres muy pequeño para entenderlo” o el clásico “¿y si Juanito se tira por la ventana tú también te tiras?”. Puñaladas innecesarias al alma de nuestros niños.

Pero  la táctica de poder revivir lo que uno pensaba y sentía en determinado momento funciona mucho más allá de la niñez.

El mejor ejemplo es cómo detestabas en primaria cuando te robaban el balón los de secundaria y cómo en cuanto dabas el estirón eras tú el que se tomaba la licencia de confiscárselo a los más pequeños. Cómo te enfadabas cuando tenías quince años y te trataban como a un niño, y cómo tratabas como a niños a los de quince en cuanto cumplías los 18. Entonces, con la mayoría de edad, creías que ya podrías entrar en todas las discotecas pero resulta que muchas pedían 21 porque no querían “críos”, y tú ardías en cólera. Pero ¡Oh, sorpresa!, resulta que con 21 tú también despotricabas de los bares que estaban plagados de críos de 18, y lo mismo te pasará con los de 21 cuando superes los 25, con los de 25 cuando superes los 30… Y así sucesivamente hasta el infinito y más allá.

Y es que por no escuchar, no solemos escucharnos ni a nosotros mismos, y de aquí estas auténticas contradicciones. Y de aquí que casi a diario tratemos a algunas personas como no nos gustó que nos tratasen a nosotros.

Parece que queremos devolver el mal rato. Y ahora puteamos (y perdón por la palabra) al becario o al residente y nos aprovechamos de él igual que quizá hicieron con nosotros hace muchos años. O pasamos por completo de nuestros alumnos porque, total, yo en cuatro años me jubilo y a éstos que les den. O decimos con tono más que agrio que los adolescentes son cada día más inútiles aunque lo escuchásemos mil veces en boca de nuestros mayores y sepamos lo injustificado de la frasecita.

Muchas veces no aprendemos porque no queremos aprender. Y me parece una tontería no ponernos en el lugar de otro cuando nosotros mismos hemos pasado por ese mismo lugar. Algo con una solución TAN sencilla como una libreta y, sobre todo, un poco de comprensión y empatía.

Menos mal que sí que hay algún extraño ejemplar de persona que todavía se entiende con las personas, sin importar las diferencias de edad o etapa. De los que echan un cable siempre, precisamente porque recuerdan las dificultades que ellos tuvieron en la misma tesitura. Gente de la que tomar ejemplo y a la que estar siempre agradecidos. Gente que mola.

¡No dejen que se les amargue el carácter señores y sigan molando tanto!

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