El balcón de José Luis y Cristina

3 Sep

Encontrármelos fue un regalo de verano. Igual que los atardeceres cálidos, los billetes de veinte euros en una chaqueta del año pasado o toparse con una colchoneta sin dueño en la playa.    

Estaban ahí, en un banco en medio del parque, rodeados de paisanos tomando helados, de turistas mirando planos, de niños correteando, de bañistas aún goteando agua salada… y ellos ni se inmutaban. Se comportaban igual de cómodos que me les hubiese imaginado una noche cualquiera en el salón de su casa, y es que habían hecho de los Jardines de Piquío su terraza particular a base de tardes fieles. Llegaban a parecer dueños del lugar que nos hubiesen dado permiso a todos los demás para disfrutar con ellos. Y lo hacíamos, ¡vaya que si lo hacíamos! Mirarles desde una distancia prudencial era una insólita delicia.

Se sentaban respetando unos correctos 25 cm de separación entre el pantalón negro del uno y la falda lila de la otra, pero ambos se ladeaban en seguida hacia los hombros del compañero de manera que, mientras miraban la quietud del mismo mar, pudieran intercalar miradas furtivas de complicidad, ocasión que no desaprovechaban para un apretón en sus manos entrelazadas y una gran sonrisa risueña. Lucían canas, andares fatigados y unas vastas dentaduras blancas, cuya incredibilidad sólo compensaban con la sinceridad de los cientos de arrugas alrededor de sus ojos.

Tenían esa edad en la que ya no importa lo más mínimo lo que diga nadie pero en la que aún se sueña con viajes de verano. Y su verano sonaba a golpe de ola en las rocas y olía a barquillo y a palomitas.

Estaba abstraída pensando en esto y más, imaginando sus vidas y adivinando quiénes eran, cuando al escuchar las repentinas carcajadas de Cristina, que se agitaba sin disimulo, pensé que eran tan jóvenes de espíritu que en cualquier momento serían capaces de saltar al mar y echar una carrera a nado. El gorro de José Luis, al más puro estilo Robin Hood, y la flor en la solapa de ella, eran marca de la casa. Una especie de regreso a un tiempo pasado siempre mejor, más romántico y mucho más elegante.

Reían y se paraba el tiempo a su alrededor. No exagero, lo juro, paraban el tiempo cada tarde para mirarse a los ojos sin envejecer. Era magia pura. En una ocasión les miraba mirarse y creí llegar a leer sus sus labios.

Cristina suspiró un retórico y melancólico:  “Ay… ¡Hace ya tanto tiempo de tantas cosas!…”

A lo que José Luis contestó tan sorprendido como convencido:  “¡Y fíjate qué suerte que la vida aún nos sorprende!”

Entonces, me enamoraron.

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One Response to “El balcón de José Luis y Cristina”

  1. Javier Trejo September 15, 2014 at 6:03 am #

    Saludos, te he nominado para un premio de bloggers. Felicidades. Aquí puedes verlos detalles. Un abrazo: http://javtt11.wordpress.com/2014/09/15/11-nuevos-premios-bloggers-para-enero11/

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