In a yellow submarine

15 Sep

Muchas veces no reparamos en la existencia de determinadas cosas hasta que nos alejamos de ellas. Eso acaba de pasarme a mí, sin ir más lejos, con los olores.    

Hace apenas tres días que emprendí mi nueva aventura, la promesa de un glorioso futuro profesional que pasa por estudiar un master en una universidad de Londres. Y claro, yo había interiorizado –en el corto plazo de dos semanas- que me tocaría cambiar el Mar Cantábrico por el Támesis, el palacio de La Magdalena por Westminster, la tortilla de patata por el roost beef, y la banda sonora de Los Carabelas por los himnos de Los Beatles. Hasta ahí todo en orden y fácil de predecir.

En lo que no caí fue en que también dejaba atrás mi memoria olfativa, mis referentes caseros y cotidianos, para meter mi nariz de golpe en una ciudad enorme, contaminada y siempre a rebosar de todo. Las aceras no huelen igual, y no es un romanticismo melancólico, es tan verdad como que el aroma de un fish and chips no puede producir la misma salivación que una paella. Ni qué decir de los vagones del metro, cuya aplastante y a menudo pestilente jungla mañanera hace redescubrir los de Madrid en hora punta como una suite de cinco estrellas. Me da la impresión de que todo está siempre por ventilar, incluso la propia calle.

Tampoco es que todo por aquí huela mal, no quiero dar a entender eso, pero es cierto que todo huele diferente. He entrado en unos cuantos pisos (en efecto, aún estoy con la ardua búsqueda de un hueco donde caer muerta) y ninguno me huele a “casa”. Supongo que huelen demasiado a moqueta, a humedad y a mantequilla. La biblioteca tufa mucho a barniz y los pasillos de la universidad siempre parecen recién fregados pero como si nunca se acordasen de comprar Estrella y lo arreglasen con jabón de manos. En las cafeterías se respira más té que café y aromatizan los comercios con algo que me recuerda más a quitaesmaltes que a flores…

La primera mujer con la que crucé palabra nada más llegar a la ciudad tenía 83 años, vestía estampado de mariposas desde los mocasines hasta el sombrero, llevaba en una mano un bastón, en la otra un paraguas, y olía tremenda e inconfundiblemente a armario cerrado. La pobrecilla fue muy amable con su espontáneo “May I help you, honey?” al ver mi cara de octopus in a garage, incluso me llevó hasta la calle que buscaba y me ofreció ir cualquier día a su casa a tomar tarta de manzana. Me contó que llevaba más de cincuenta años viviendo en el barrio de Victoria, pero pronto descubrí que se llamaba Inocencia, era de Cuenca y tenía incontinencia del pis (ella se encargó de informarme). Ahora no me atrevo a visitarla, estoy segura que su casa huele a comida de gato.

Welcome to London little nose.

Advertisements

One Response to “In a yellow submarine”

  1. Pelayo September 19, 2014 at 8:05 am #

    Ya lo dice “Heno de Pravia”, No hay nada como el aroma de mi hogar…

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: