Pesadilla en la cocina

5 Oct

Al acabar de deglutir la última cucharada de aquella abominable compota pensó “si extiendo mi persistencia a la hora de comer lo servido al plano profesional llegaré más lejos de lo que ningún magnate de estómago sensible imaginaría jamás”.   .

Eran las ocho y media de la tarde en un país en el que el apocalipsis empieza a asomar a partir de las cinco obligando a la gente a enclaustrarse, o bien emborracharse, para no llegar a saber jamás qué es lo que ocurre a las cerocero (00.00). Era considerablemente tarde en un día que llevaba torcido desde pronto por la mañana, el monstruo tenía mucho hambre, mucho frío, muchas cosas que hacer y pocas ganas de nada.

En esta tesitura, y en un intento de racionalizar sus actos y optimizar las horas -algo que sabía que no se le daba nada bien-, el mostruo decidió hacerse una cena rápida y acompañarse del café de después para no sentirse tan solo entre apuntes, lecturas y redacciones nocturnas. Claro que los conceptos cena y rápida son difusos, dependiendo quién, cuándo y dónde se tenga el hambre y las prisas. Ya no te quiero ni contar si intercalamos el adjetivo caliente entre los requisitos culinarios.

Pues bien, acercóse temerario el monstruo a la cocina deseando que ninguna de las ratas con las que compartía madriguera estuviesen visibles. “No hay moros en la costa -pensó- bien, así puedo cocinar a gusto”. Valiente iluso… Puso el aceite a calentar mientras preparaba los ingredientes que formarían su magnífico plato digno de aparecer en las revistas de “cómo comer caliente de forma fácil y rápida y sin decepcionar a tu madre”. Parecía que nada podía fallar hasta que se dispuso a echar los alimentos en la sartén y resultó que, ahora que después de una semana ya tenía sartén, lo que no funcionaba era la vitrocerámica. Se volvió loco enchufando y desenchufando cosas a riesgo de morir electrocutado sin parar de pensar aterrorizado “otra vez comida de gato no, ¡otra vez no por favor!”.

Y sí, llegado el momento en que no quedaban botones por tocar asumió que su magnífico plan se había ido a pique y lloró estomacalmente. Después de recuperar lo poco recuperable y guardarlo para cuando hubiese ocasión de cocinar, tuvo que redecidir cómo demonios alimentar su demandante cerebro.

Lo más fácil sin duda era recurrir al sandwich, pero sólo le quedaban dos rebanadas de pan y si las cenaba no le quedaba ningún tipo de desayuno para mañana. Por lo que decidió que si le iba a tocar recurrir al “atún” (ese terrible que vendían allí y compró el primer día por ignorante) era mejor hacerlo ahora que a las 7.30 de la mañana. Sacrificó sus papilas gustativas del presente en pro de un bienestar futuro y rebuscó entre sus escasas reservas (el espacio de almacenamiento que las ratas le dejaban era de risa) alimentos que pudieran combinar con el insulto al atún y ganar de alguna manera al pasar por el micro. Evidentemente, tuvo que ser muy imaginativo e innovador para que esto fluyese.

Triste e impaciente, puso la mesa un poco mona a ver si el mantelito de cuadritos distraía su atención de la comida y juró que saliera lo que saliera se lo tenía que comer corriendo y sin rechistar. Tomó la sabia decisión de no mirar mucho al plato al sacarlo del microondas, pero de refilón le pareció que aquella masa se daba un aire a las gachas que tomaban los de la aldea de Asterix y Obelix cuando no había jabalí. Hizo de tripas corazón y de tozudez tripas y ahí que se metió semejante plato apetitoso para cualquier gato y para ningún otro ser terrestre. A medida que daba las cucharadas pensaba “espero que el huevo no esté crudo y que no me ponga malo… ¡Ay si me viera la abuela!”.

Aquello objetivamente sabía mal. Hubiera sido sencillo dejar de comer pero su entereza y su talante se lo impedían, es probable que incluso tratase de poner gesto de estar disfrutando de su cena rápida y calentita. Es lo que tienen algunos monstruos, que son muy dignos.

Cuando terminó se sintió triunfador y asqueado a partes iguales. Omitió la repulsa a los restos que habían quedado en el plato y sentenció extrañamente orgulloso “si extiendo mi persistencia a la hora de comer lo servido al plano profesional llegaré más lejos de lo que ningún magnate de estómago sensible imaginaría jamás”.

Acto seguido se apuntó en un post-it:
– Comprar noodles de los que se hacen en el micro
– Buscar algún sitio con comida a domicilio en la zona

Que hay que dejar algo para los felinos.

.

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One Response to “Pesadilla en la cocina”

  1. Pelayo October 8, 2014 at 7:33 am #

    – Comprar noodles de los que se hacen en el micro
    – Buscar algún sitio con comida a domicilio en la zona

    ….y “arreglar la vitroceramica”, je je

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