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Lo que le debemos al anuncio de El Almendro

21 Dec

Mi abuelo Moisés solía decir algo así como que siempre está bien salir a la calle con unos zapatos que te queden un poco prietos para sentir el alivio de quitártelos al llegar a casa. Creo que su infalible método tiene todavía más sentido como metáfora aplicada por encima de los tobillos.  

Y es que una de las mejores cosas de pasar una temporada en un entorno diferente y extraño es darnos cuenta de qué es lo que reconocemos como nuestro. Eso que ahora está de moda llamar la “zona de confort”. La verdad es que uno no tiende a pensar todas las mañanas al levantarse de la cama en el confort que le inspira su zona, hasta que un día algo hace cambiar el escenario y, tachán, nos hacemos conscientes de golpe de que eso de antes que nos gustaba más, o al menos se nos daba mejor, era nuestra seña de identidad. Entonces nos damos cuenta de que nos hemos metido en un territorio hostil y toca amoldarlo -o amoldarnos- para lograr hacerlo un poco más familiar, más parecido a lo que ya conocemos.

December in London

Peleamos por hacernos al nuevo espacio y, por lo general, la misma rutina y el tiempo acaban allanando cualquier terreno. Pero ¡Aaaaay amigo! ¡El gusto que da cuando después de todo se hace una visita a los inicios! Aunque sólo sea momentánea, comiendo unas croquetas con un vaso de Rioja, escuchando a Los del Río o viendo una peli en la que salga Concha Velasco; pero especialmente si es haciendo una visita real al hogar, una reinmersión total a aquello que nunca va a dejar de ser nuestro máximo confort, donde quitarse los zapatos, recostarse en el sofá y suspirar “¡Por fin en casa!”

Tras unos días de locos, una noche para olvidar nadando a contrareloj con la fecha de entrega de un trabajo y un equipaje que hacer, y tras sufrir uno de los trayectos al aeropuerto más tortuosos de mi historia -durante el que recé mucho por no quedarme en tierra y seguir escuchando a gente decir thank you en vez de gracias-: este fin de semana por fin ha tocado desconectar.

Desconectar  allí para inmediatamente conectar aquí, así sin permitirme apenas dormir en el intento para apurar al máximo los minutos y las horas en compañía de amigos y familiares, de esa forma en que a veces sientes que te agotas de tanta felicidad de alto voltaje seguida. Y qué agotamiento más divino.

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Porque aunque ya no haya amigos que visiten a la Presley por sorpresa, la lotería no tenga calvo, nadie se acuerde de las burbujas de Freixenet después de lo de la Caballé y Ana Obregón haya desistido con los cuartos y las campanadas; el turrón siempre va a seguir volviendo por Navidad.

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Pequeños tornillos, clavos y tuercas que componéis mi compleja, alocada y tambaleante zona de comfort: no os imagináis cuánto os he echado de menos. Me he dado cuenta este fin de semana de que no es que la gente que me rodea en mi nuevo escenario sea mala, fea o aburrida; es que me tenéis demasiado mal acostumbrada y, claro, las comparaciones son odiosas.

Gracias por ser tan estupendamente inmejorables. Me hacéis la vida feliz.

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One Response to “Lo que le debemos al anuncio de El Almendro”

  1. carlos December 22, 2014 at 3:34 pm #

    wellcome to Spain, Teresa!!!!!!!

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