Escapar hacia adelante

31 Dec

Apuramos un año más el plazo para cumplir con nuestros buenos propósitos y deseos. Acechan otra vez la Nochevieja y sus campanadas marcando esa invisible pero ineludible fecha de entrega para evaluación tras la que, al menos, sabemos que siempre se nos obsequia con una nueva oportunidad de seguir trabajando.

Traspasamos una meta necesaria para encontrarnos de inmediato, y sin tiempo para darnos una ducha, en una esperanzadora nueva pista de otros 365 días de longitud. Días, semanas y meses en los que demostrar que podemos hacerlo mejor, mucho mejor. Con una única condición: hacerlo teniendo un año más en cuerpo y espíritu.

Hoy toca volverse locos a hacer balances absurdos para llegar a conclusiones casi siempre obvias: estaría bien dejar de fumar, reducir las salidas nocturnas, empezar a hacer ejercicio, cocinar con menos sal, llamar más a menudo a los amigos que viven fuera, dedicar más tiempo a leer y agobiarse menos con el trabajo.

De pronto somos todo lo autocríticos que no hemos sido en los momentos en los que realmente podría haber marcado una diferencia. Nos lamentamos porque sabemos que el año siempre podría haber sido mucho más productivo, saludable, divertido o romántico (igual que podría haberlo sido mucho menos, digo yo), y acto seguido decidimos que en la inmensa mayoría de propósitos fracasados los culpables ni hemos sido nosotros nosotros.

Podemos regodearnos con los brindis de esta noche en todo lo que hemos hecho bien, esperar a recoger en el nuevo curso el éxito del buen obrar. O llorar por lo que ha salido mal y resignarnos a las oportunidades que estamos viendo pasar desde la barrera. Podemos reducir esta nueva etapa de la carrera a una cuestión de dejar que los meses pasen salvando el tipo para llegar a las próximas uvas sin grandes naufragios que declarar. O, pensándolo mejor, pelear por llegar con novedades que merezca la pena escuchar, convertidos en unas personas todavía más atractivas para invitar a tomar una caña, solo porque tienen cosas valiosas que contar y emociones que compartir.

Personalente creo que soy uno de esos tipos raros que tiende a la autocrítica a lo largo de todo el año, igual que a la autoexigencia. Hasta unos límites que a veces, de hecho, hacen casi más mal que bien. Claro, esto deriva a menudo en ser muy crítica también con el resto del entorno, incapaz de distinguir claramente qué es responsabilidad mía y qué no, de qué debo sentirme responsable y qué puedo tratar de cambiar para que las cosas salgan más ordenadas y a tiempo la próxima vez.

Esto se acentúa especialmente a fin de año, cuando las vacaciones nos regalan algún rato suelto para pensar y plantearnos cómo arreglar nuestra vida y el mundo para que todo funcione mejor a la vuelta de los polvorones.

En ocasiones me he encontrado sufriendo por llegar a la cena de hoy con la lista de objetivos cumplida y la cuenta de resultados -que yo he decidido que mis compañeros de mesa y vida me exigen- impecablemente cuadrada, y eso aparte de duro es una auténtica memez. Porque hoy aquí nadie viene a pedir nada a nadie, y porque yo no soy la directora de una multinacional rindiendo cuentas a los accionistas de por qué a veces llueve y la gente es antipática cuando ellos lo que venden son bikinis y Piñas Coladas. Tampoco hay que justificarse si no ganamos un Nobel, nadie que nos quiera va a exigirnos más que nuestro mejor esfuerzo.

Alguien me dijo hace unos meses que no me preocupara, que las cosas desde dentro siempre pierden mucho glamour. Si resulta que la Torre Eiffel decepciona al verla en persona porque es diminuta, la culpa no es mía; es del que vendió postales con una evidente distorsión visual. Así que hoy no tenemos que mentir a la gente y asegurarles que efectivamente es un edificio enorme, pero tampoco hace falta confesar su mundanidad y contarles que en realidad es bastante pequeña, quizá valga con decir que puede llegar a enamorar tal y como está construída. Sólo hacen falta tiempo y ganas.

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La mejor solución al final va a ser ésta: inventar un plan para huír hacia adelante. Proponernos dar lo mejor de nosotros para llegar todo lo lejos que podamos y nos dejen. Echar a correr y cumplir.

¡Buena suerte en la carrera y feliz nuevo estadio!

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