Un fallo en el sistema

20 Jan

“En realidad soy yo quien ha perdido. Yo creía que siendo malo tendría el mundo en mis manos y sin embargo me equivocaba: el mundo es peor que yo.”

Onofre Bouvila, La ciudad de los prodigios

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Un buen día y sin motivo aparente alguien te ve cara de tonto y te da tu enésima patada, con tanta suerte que de ésta se te caen del todo la paciencia y confianza que aún te tapaban los ojos y descubres que la vida tiene mucha más trampa de la que pensabas y, sobre todo, muchos más tramposos.

Puede saltarte la alarma por motivos de lo más diversos (pongamos por ejemplo, no sé, que la tarea de buscar piso en Londres se te esté dando rematadamente mal) pero una vez ocurre tu cabeza se pone a hilar pensamientos y desarmar argumentos a una velocidad en aumento proporcional al de tu cabreo. Te sientes un tolai y maldices a tu casera, al cura que te dio la catequésis, a la ecuatoriana que te vendió la línea del teléfono, a tu profesor de ética del instituto, a tu vecina, al peluquero que siempre hace lo que le da la gana y a todos los que te deben favores desde hace más años que los que tenías cuando se los hiciste. Por un rato odias irracionalmente a mucha gente que posiblemente no lo merezca pero que sientes que te ha estafado. Y además estás convencido de que lo han hecho a sabiendas, porque mira que eres bobo ¡más que bobo!

Te das cuenta que te la han metido doblada día tras día, y que has vivido felizmente engañado desde la hora del desayuno hasta el arrumaco de antes de dormir. Los cereales integrales no engordan menos, nunca te van a devolver las horas que estás haciendo de más en el curro, en el Telepizza cuando se les caen los champiñones al suelo te los vuelven a poner en la masa y, oh oh, el euro que sueles dar al indigente de la entrada de tu panadería no se lo gasta en bocadillos sino en tetrabricks de Don Simón.

Te avergüenzas enormemente de haber creído en algún momento de tu vida que Jordi Puyol podía ser un tipo honrado o que la cara de Raphael no estaba estirada. Igual que de haber engordado un poquitín más la cuenta bancaria de Amancio Ortega comprando unos jeans “boyfriend” de Zara (que te quedan mal) creyendo que de verdad con ellos te parecerías algo más a Sara Carbonero. Por favor, ¡hasta te han tenido creyendo que Plutón era un planeta hasta antesdeayer! Y lo peor es que jamás sabrás si es verdad o no porque nunca nadie te va a llevar para que lo veas con tus propios ojos.

Te sientes momentáneamente como ET mirando al cielo y dándote cuenta de que te han dejado tirado en un lugar donde sólo sabes decir mi casa y teléfono.

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Preparada para el desastre

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Resulta que no siempre al malo le va mal ni al bueno bien, que muchas veces se gana mediante triquiñuelas y nadie parece sufrir después de insomnio. Aprendes que casi nunca hay que tomarse las cosas al pie de la letra y que, como dice una amiga mía, a veces es más importante parecer listo que serlo. Que no siempre se devuelve lo prestado ni se dice toda la verdad por guardar las apariencias. Muchas de las veces que te decían con emoción ¡qué guapa! no lo pensaban y tampoco pretendían llamarte para “tomar algo cualquier tarde de estas tontas y ponernos al día”. Llegas a descubrir cosas terribles como que tus abuelos algún día tuvieron sexo e incluso tus padres fumaron algún porro. El mundo parecer llegar a su fin.

Porque, efectivamente, no existen gimnasios baratos, compañeros de piso perfectos, tacones cómodos ni cuchillos que no pierdan filo, y hasta una lata de tomate frito tiene su letra pequeña. Todo el mundo es susceptible de haberte mentido, pero no todos tienen a alguien que les desee las buenas noches ni con quien comer los domingos. Y, lo que más te fastidia, tus personajes favoritos de la tele resultan ser en realidad unos completos idiotas; no es a tí a quien hablaban Epi y Blas, en Noche de Fiesta todo era guión, playbacks y melenas postizas y, desde luego, esas no eran las manos de Jordi Cruz.

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Es un poco como el día en que tu madre te dice que los reyes son los de la Zarzuela y los padres, que vas teniendo edad para saberlo y que se acabó el chollo. Al principio niegas todo lo que estás escuchando, luego aceptas la historia pero no logras entender cómo las personas que supuestamente más te quieren han podido engañarte de esa manera. Finalmente lo único que no puedes creerte es que hayas sido tan tonto por tantos años y aprendes a vivir el resto de tu vida bajo la humillación de tal ceguera.

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