Hablábamos de tí

30 Apr

Con el tiempo descubres que no se crece a base de despertadores sonando por la mañana, ni de colecciones de días tachados en la agenda o listas de deberes hechos. Creces a base de historias.

Las personas que conoces, los paseos que das, los problemas que te surgen y cómo los afrontas; eso es lo que realmente te alimenta y te lleva a ser quien eres. Es lo que marca la diferencia entre convertirte en una persona que tenga algo que aportar o en una triste e insípida acelga.

Desconfía de quien siempre diga que no tiene nada interesante que contar. O miente o es un sujeto camino a la vegetación. Un rollo, vamos. Alguien que difícilmente aderezará tus noches de jueves con inesperadas dosis de catecolaminas directas a tu torrente sanguíneo.

En contra de lo que muchos piensan, no hace falta coger aviones e irse lejos para regresar con maletas llenas de aventuras y lecciones.

Que Ryanair ayuda, por supuesto. Pero a veces los títulos más prometedores –del tipo Seis meses aprendiendo inglés en Canadá– pueden estar muy por debajo de las espectativas y desmerecer la opinión de público y crítica. Mientras, el folletín barato Fin de semana visitando a mi abuelo en Albacete o el de Puente de mayo estudiando en la biblioteca pueden convertirse en tu best-seller personal.

No depende sólo del escenario sino de los personajes y, ante todo, del narrador en primera persona.

Hay que saber contar historias para conseguir convertir vidas anodinas en buenas películas. Hace falta estar atento a las liebres que saltan, enganchar la mejor de tus intuiciones y tirar del hilo correcto para finalmente encontrar eso que desearás no olvidar. La historia que no puedes evitar compartir.

Cuando encuentras esa pizca de vida esperando a formar parte de tu cajón de las cosas que han valido la pena, entonces, es cuando te das cuenta de que todo es posible.

-n

Encontrar al inmigrante palestino que necesitabas para un reportaje vendiéndote un falafel en un mercado callejero. Conocer a un gran poeta detrás del mostrador de un hostal de mala muerte y tener la oportunidad de recordarle que para la poesía no existe el paro y que no hay que dejar al monstruo de la monotonía ganarle la batalla a la creatividad.

Atreverse a abusar de la generosidad de un amigo de la infancia del novio de tu prima y darte cuenta que ha habido muchos en tus mismos aprietos antes que tú, y se sobrevive. Compartir coche con una desconocida y que te de una gran idea que encarrilará tu carrera de una forma que ella jamás imaginó.

Jugar a mandar currículums por correo postal en hojas perfumadas con un beso de carmín bajo la firma. No contárselo a nadie ni confesarles que, ante tu enorme sorpresa, jamás recibiste una respuesta. Reirte mucho de haber tenido semejante idea y caerte un poco mejor todavía.

Descubrir que el camarero marroquí de la cafetería de abajo de tu casa que te regala flores, además de ser un poco pesado, tiene un apasionante recorrido hasta aquí. Y que el chico con el que te toca compartir autobús después de que el tren a casa se estropee -y tengáis que evacuar en mitad de Burgos y a cinco grados- resulta ser el nieto del ingeniero que da nombre a tu parada de metro en Madrid.

Infinitas historias. Sencillas y buenas historias. Porque se puede aprender algo de todo (y de todos), pero es más fácil encontrar tesoros si caminas con los ojos y oídos bien abiertos y si un par de gotas de lluvia no te disuaden de salir a pasear por la bahía.

No hay límites para los inconformistas. Y aquellos que temen la mediocridad no son conscientes de que la abandonaron desde el mismo momento en que siendo niños soñaron con volar.

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