A la hora de la verdad

28 Aug

“Ya me contarás a qué sabía mi sueño de facultad” fue lo último que me dijo a modo de buena suerte.

Y ahí quedé yo, con cara de saber lo que hacía y sin darme cuenta aún del paquete extra de ilusiones que acababa de colarse de polizón en mi maleta. Como si no fuese suficiente cargar con los sueños de uno mismo me había tocado representar las vidas no vividas de varias generaciones y personas. Y a ver quién lidia con eso sin presión.

Once meses y muchas curvas después, puedo decir que hemos salvado los muebles para llegar al capítulo remember.  El momento de bajar la marcha, concederse unos días de auténticas vacaciones de las de no caber de felicidad, y empezar a dar respuestas. Iba siendo hora de tratar de explicar a qué ha sabido hasta ahora este sueño compartido.

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Supongo que sabe a recién despegados, a estar eternamente afinando el norte y tratando de colocar bien el mapa. A que todo lo posible, desde los chaparrones a las escenas de Memorias de África, está siempre por llegar.

Sabe a ponerse a prueba a todos los niveles, a tener que pelear concienzudamente porque la sobredosis de optimismo inicial no salga despavorida al darse de bruces contra la realidad ni caiga en las garras del miedo y la decepción. Porque de esos dos también hay algo. Miedo a no conseguir nunca resolver la ecuación al completo y un miedo tan grande a decepcionar a los demás que ningunea al temor a que tus propias expectativas se vean traicionadas.

Sabe a lo malo conocido y a lo bueno por conocer luchando por conocerse entre ellos. A chascos y a chubascos, pero también a sorpresas y a circo. A días en que, no sabes cómo, parece que hubieras hecho el movimiento de ficha preciso y de pronto te sientas un poco más a gusto.

Sabe a madrugar, a improvisar (aunque no se quiera), a sonrojarse a menudo ante ridículos totales y a digerir las críticas cada día más enteramente. Sabe a desconfiar, just in case, hasta que te den motivos para lo contrario, y a demostrar a los premiados la confianza y el cariño a velocidades y en escalas que jamás hubieras imaginado.

Sabe a valentía de confesar sin tapujos que te has sentido como dicen, solo en medio de un montón de gente, que has echado mucho de menos, que has revalorizado la palabra ‘amigo‘ y les has necesitado más que nunca. Que has notado quién sigue a bordo y quién ha cambiado de prioridades, porque crecer es así. A darse cuenta de que nunca se echa nada en falta mientras se tiene y que cuando dos se separan hay que aprender a soltar cuerda pero seguir tensando la cometa.

Sabe a continuos retos y a continuo cambio de planes y convicciones. A parálisis antes el desastre y a satisfacción por saber sacar finalmente las castañas del fuego con clase. A adrenalina. Al sano orgullo de ser capaz y un poco al eterno (y estúpido) complejo de seguir sin ser suficientemente bueno.

Sabe a emoción. A no parar de descubrir cosas nuevas y al éxtasis de llegar a conocer gente que haga que la aventura merezca la pena sin pedir nada a cambio. A estar siempre echo polvo pero siempre up for a beer y dispuesto a ir andando a casa, aunque tengas una hora de camino y amenace con llover. Porque no vas a conocer calles tan frías y familiares a la vez.

Sabe a sandwich frío y a cerveza templada. A ser aún más críticos con nuestros usos y costumbres viendo los de otra gente, pero también a presumir de ellos más que nunca (sabe a tortilla de patata por bandera). Sabe a velocidad, a hilarantes malentendidos y al morbo de hacerse la española.

Como todo en esta vida, depende de uno mismo quedarse con un regusto u otro después del atracón. En el caso de los espabilados, sabe indudablemente a libertad, a aventura y a éxito.

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The Cure nunca habían tenido tanto sentido como hoy. Un viernes de semana, de mes y de año. Que lo disfruten igual que yo lo he disfrutado.

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One Response to “A la hora de la verdad”

  1. H August 29, 2015 at 7:28 pm #

    Al final, todo acaba saliendo bien.

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